Fe (Capítulo 4)

Pues nada… el poco tiempo que he dispuesto para actualizar el blog lo he empleado en esta ocasión para arreglar el temario, el cual he comprobado que tenía diversos enlaces rotos, y la parte de la galería, la cual he enganchado a mi cuenta de flickr para así consumir menor recursos de mi hosting.
Os dejo pues con el Capítulo 4 de Fe… una Historia de Ganhara.
“FE… una historia de Ganhara” (capítulo IV)
Al fin llegó el ansiado día. Nyria había olvidado casi por completo todas sus angustias del día anterior, y ahora se encontraba totalmente feliz. Al fin al cabo, no todos los días llevaba a la práctica un acontecimiento de la envergadura de este; por lo que ahora todos sus sentidos y pensamientos recaían por entero, en el hecho de su emancipación como acólita base. Finalmente, iba a abandonar el Templo de Valshara en el que desde muy pequeña se había criado. Quizá, sentía un poco de lástima al darse cuenta de que ahora en adelante, sería rara la ocasión en que pudiera volver a ver de nuevo a sus antiguas hermanas de Orden. Pero, ni siquiera, tuvo tampoco mucho tiempo para pensar a este respecto. Toda la mañana la pasó bastante ocupada. Tuvo que hacer un montón de preparativos antes de celebrar la ceremonia de su emancipación. Buena parte de la mañana, la pasó arreglándose y peinando su larga cabellera rubia, además del vestido de ceremonia que llevaría. También tuvo que repasar todos los pasos y las palabras rituales que tendría que hacer y decir durante el rito. En fin,… que se pasó toda la mañana, corriendo de un lugar a otro según los caprichos de alguna hermana que le quería dar algún regalo de despedida, o de otra que quería felicitarle personalmente, u otra que simplemente quería darle otro repaso a la corona de flores que llevaba en el pelo. En cierta manera, aquel tiempo se le hizo muy corto, hasta que inevitablemente llegó el gran momento.
Aquella mañana, el clima de Puerto de Nadra no falló a su arraigada costumbre y llovió. Aunque, en estos momentos, había ya escampado y se gozaba de cierta tranquilidad. Se decidió, por tanto, en el último momento, trasladar la ceremonia al patio y aprovechar ese relativo buen tiempo.
Un pequeño altar se dispuso al final de uno de los caminos que recorrían el jardín. Este altar, sencillamente adornado, consistía en una mesa de recio roble, cubierta por un mantel blanco ornamentado con algunos dibujos. A los pies de este se pusieron varias ofrendas florales y algunos frutos como naranjas y limones-bayos, muy apreciados estos últimos por su sabor extrañamente agridulce. Encima de este, había una pequeña estatua representativa del dios Valshara, enteramente hecha de oro, a parte de otros pocos de objetos que se utilizarían en el ritual.
Aquella estatua representaba a un pequeño hombrecito, un tanto gordo, aunque por lo demás muy normal en su apariencia; se hallaba desnudo, con las piernas cruzadas en posición de loto tapando su sexo, y sus brazos, igualmente, cruzados descansando sobre la curva de su estómago. Una rara sonrisa aparecía en el rostro de aquél, entre inocente e irónica.
Todas las acólitas base, unas treinta en total, se fueron colocando a ambos lados del camino marcando de esta manera el camino a seguir hasta el altar. Los pocos sirvientes que estaban empleados dentro del templo, entre cocineros, limpiadoras, y algunos guardias… se colocaron más allá de las acólitas, entre los árboles del jardín. El sumo sacerdote de la Orden de Valshara en el Templo de Puerto de Nadra, Gelbarat, se hallaba frente al altar. Otro sacerdote más joven, el segundo en la Orden, se encontraba a su lado.
Al fin llegó el momento. El silencio se hizo entre los concurrentes. Una de las acólitas hizo sonar con un bastoncillo, una pequeña campana que sostenía entre sus manos. Nyria que había estado esperando todo este rato en una apartada esquina, empezó a avanzar por el pasillo que habían dejado entre ellas sus otras hermanas de orden. Su andar era lento. A cada paso un nuevo tañido de la campana le acompañaba. Veinticinco pasos, veinticinco toques. Los rostros serios como correspondía a la solemnidad del acontecimiento. Nyria, llegando hasta el altar, se postró ante este arrodillándose sobre una pequeña almohada que había allí preparada. Agachó, igualmente, su cabeza en señal de humildad.
- ¿Qué nombre usa la que está ante mí?.
- Nyria, maestro.
El sumo sacerdote se adelantó hacia ella y posó sus manos sobre la cabeza de Nyria.
- Nyria, hija de nuestro padre, divino Valshara –continuó Gelbarat con voz rotunda y sonora-, ¿por qué te presencias hoy ante nuestra congregación?.
- Porque creo ya llegado mi momento.
- ¿Cómo, entonces, te presentas ante todos los reunidos aquí?.
- Me presento totalmente preparada… Repleta de amor que, humildemente, he ido recibiendo de Valshara y que ahora sólo espero compartir con aquellos otros de mis hermanos, que no han tenido la misma suerte de conocer a nuestro dios.
- Levántate hija mía- Nyria se levantó; Gelbarat se permitió entonces, dejar traslucir una pequeña sonrisa-. El paso que vas a dar es quizás el más importante en lo que va de tu vida. Todavía no conoces el mundo que te espera ahí fuera. Y yo me veo obligado a advertirte que ese mundo no es tan feliz como el que, tal vez, tú esperabas encontrar. Te esperan grandes peligros, desilusiones, tristezas y amarguras… En el exterior, conocerás lo que es el hambre, la pobreza, la mentira y la muerte de un hombre a manos de otro hombre… Sin embargo, yo confío en que tú te enfrentarás a todos estos problemas con verdadera entereza, y sabrás salir de estas adversidades perfectamente, sin que necesites de más ayuda que la fuerza que te pueda proporcionar tu propio corazón y la guía de tu entendimiento. Y sé que saldrás bien de estas dificultades, porque yo confío en ti… Confío en tu preparación, en tu madurez, en los largos años de enseñanza que poco a poco has ido asimilando, y confío, sobre todo, en el amor que ahora sientes hacia Valshara y el resto de nuestros semejantes. Recuerda, pues, todo lo que aquí has…
La ceremonia continuó de esta manera, durante un buen rato más. El discurso de Gelbarat fue largo y rico en consejos, advertencias y promesas de grandes satisfacciones por un trabajo bien hecho. Nyria tuvo todavía que arrodillarse y levantarse unas cuantas veces más siguiendo las pautas del ritual. Se la bendijo con agua consagrada de lluvia y tuvo que jurar obediencia plena sobre el Libro de los Cien Mandatos Divinos de Valshara. Finalmente, la ceremonia llegaba a su término.
- …Nyria, sal al mundo y realiza tu destino. No olvides que si no fallas en los pasos que habrás de dar, la recompensa que te espera será una vida llena de paz, tranquilidad, gozo y felicidad, junto a Valshara allí en el más allá. Por tanto, nunca dudes de tu fe.
>> Esta pequeña medalla te ayudará a recordar siempre los verdaderos motivos que te mueven y tu amor hacia Valshara, y el que él seguro te profesa- Nyria por unos momentos se quedó desconcertada; no recordaba que la entrega de aquel objeto entrara dentro del ritual de la ceremonia; Gelbarat, sin embargo, se la puso alrededor de su cuello, apartándole con una mano su pelo-. Llévala siempre junto a ti y, en todo momento, sabrás que nos encontramos a tu lado…- por un momento, la benigna voz y cara de Gelbarat, dejó paso a una enigmática personalidad de la que sólo ella pareció darse cuenta- … sí… llévala y siempre estaré a tu lado… siempre…
Nyria se asustó un tanto. Pero, en ese instante, la ceremonia concluyó y todas sus hermanas se le acercaron para felicitarle. Asfixiada por tanta muestra de cariño, muy pronto olvidó aquel detalle.
Después de acabada la ceremonia, se dio paso a una pequeña celebración. Todos entraron al interior del templo y en una gran habitación especialmente acondicionada al efecto, todos pudieron disfrutar de algunos aperitivos. La gente estaba contenta. Los criados participaban como iguales en aquel festejo. Algunas jarras que contenían un suave vino rosado, fueron vaciadas rápidamente. Las sonrisas pronto dejaron lugar a las risas. Un par de acólitas se atrevieron incluso a cantar una romántica balada sobre dos jóvenes pastorcitos, que se enamoraron mientras cuidaban de sus rebaños. Todo el mundo parecía estar, en verdad, muy feliz y Nyria más que ninguna otra persona.
En un momento de la fiesta, Gelbarat se le acercó a Nyria que se encontraba charlando animadamente con un par de sus compañeras.
- Nyria, haz el favor de acompañarme un momento.
Nyria se dejó guiar por Gelbarat y ambos salieron de la habitación. Sin decir ninguna palabra, recorrieron un pasillo y entraron a una pequeña habitación. Aquella pertenecía a los aposentos privados de Gelbarat. Nyria en toda su vida, sólo había tenido ocasión de ver aquel cuarto en un par de ocasiones.
- Ante todo, Nyria, mis más sinceras felicitaciones- comenzó a decir Gelbarat, mientras se sentaba detrás de su escritorio y le señalaba a ésta otra silla.
- Muchas gracias, maestro -dijo Nyria en un tono que quiso pareciera recatado, a pesar de que en aquellos momentos se encontraba un tanto achispada.
- Siento haberte sacado de esta manera de tu fiesta, pero los planes para tu marcha se han adelantado a esta tarde, y me temo que sólo vas a tener el tiempo justo para preparar tus cosas y despedirte de tus compañeras.
- ¿Esta tarde?- exclamó asombrada Nyria-. Creía que me marcharía del templo, como muy pronto, mañana.
- Siento, como digo, que todo esto te coja por sorpresa. Pero recuerda que ante todo tenemos un deber que cumplir.
- Sí, maestro- Nyria agachó su cabeza.
-Esta tarde, un carromato te recogerá y te llevará hasta el Monasterio de Urnik. Seguramente, incluso a ti te habrán llegado noticias de la doble boda que piensa celebrarse allí dentro de pocos días. Sin duda alguna, será el acontecimiento del año. Por un lado, se casa el hijo de nuestro Jefe. Por otro lado, Brundel hijo del Segundo Hermano Mayor de los Nueve de Tuncadok, se une a Aliria. Ambos por lo visto, son bastante amigos y por ello han decidido celebrar sus bodas conjuntamente… Hasta Marilia, muestra reina piensa estar presente…- un breve destello luminoso se reflejó en los ojos de Gelbarat-. En fin… en cualquier caso, lo que verdaderamente importa aquí es que se me ha solicitado los servicios de una de las acólitas de nuestra Orden. Ya sé, Nyria, que tú esperabas que se te encomendara alguna tarea, digámoslo así, más socializadora; tal vez, en algún hospicio, o al cuidado de algunos pobres niños huérfanos… Pero, recuerda que también los que son más ricos, de vez en cuando, necesitan igualmente de nuestra ayuda, y no podemos, por el mero hecho de que estos tengan más dinero, negarles nuestra mano; además, todo esto te servirá como primera toma de contacto con nuestro mundo… Así que espero que aceptes, con verdadera humildad, la tarea que se te va a encomendar.
- Por supuesto, maestro. Acataré en lo más mínimo, todo lo que dispongáis- Nyria, sin embargo, en su interior estaba un poco decepcionada.
- Muy bien, Nyria. No esperaba mejor contestación de ti. Servirás, pues, como dama de compañía a Aliria. Su futuro marido, Brundel, se encuentra ahora mismo de viaje, del que pronto regresará. Así que mientras tanto, le ayudarás en todo lo posible, hasta que termine la boda.
>> Yo, por mi parte, me reuniré contigo dentro de unos pocos de días, ya que asistiré a la ceremonia en representación de nuestra Orden. Mientras tanto, harás todo lo que se te ordene allí.
Gelbarat se levantó entonces de su asiento. Nyria se puso también de pie, viendo que la conversación ya había concluido.
- Regresa si quieres a tu fiesta, Nyria- dijo Gelbarat sonrientemente-. Supongo que tampoco vamos tan ajustados de tiempo. Así que si lo deseas, todavía puedes divertirte un rato más. Pero recuerda que cuando llegue el momento, deberás estar preparada para tu marcha… así que no te entretengas mucho.
- Gracias, maestro Gelbarat.
Nyria volvió a la fiesta. Pero ya no consiguió estar del buen humor del que, momentos antes, había disfrutado. En cierto modo, había sido aquella última conversación con Gelbarat, la que le había hecho darse cuenta, definitivamente, de que iba a abandonar el templo. Hasta el momento, ella había pensado en el templo como en su propia casa, pero ahora la habían echado de aquel lugar… la habían echado, porque aquella resultaba que no era realmente su casa. Sí, tal vez, sonara un poco drástico, pero después de aquella conversación, no podía dejar de pensar que ella simplemente había sido cuidada como un perro y ese perro había crecido ya demasiado, para que resultara cómodo mantenerlo en la casa.
Decidió salir, pues, de la fiesta e ir a su cuarto para arreglar las cosas que se tendría que llevar. Definitivamente, no se encontraba de muy buen humor. No quería que ninguna de sus amigas, se percatara de ello y la atosigara preguntándole el por qué de su estado de ánimo.
El ordenar sus cosas, sin embargo, logró relajarla un tanto. Aquellos anteriores pensamientos no se correspondían con su verdadera forma de ser. Se dio cuenta de que todo lo que pasaba es que había empezado a tener miedo. Tenía miedo de un mundo que no conocía en lo más mínimo. ¿Qué podía esperarle en el exterior?. ¿Qué peligros podían acecharle, tras la vuelta de esa esquina que no conocía en absoluto?. Su mente recordó las palabras del sumo sacerdote, en el instante de la ceremonia de su emancipación… “conocerás el hambre, la pobreza, la mentira y la muerte”… la muerte… no pudo evitar, en ese momento, dejar de rememorar aquella ilusión vivida por ella la otra noche… aquella mujer, rubia como ella, vestida con aquel salto de cama transparente,… Viendo su cuerpo, una no podía dejar de pensar que aquella mujer era una de esas personas capaces de disfrutar por entero la vida, estrujándola hasta la última gota que fuera capaz de obtener de esta en su avaricia… y, sin embargo, toda aquella ansia por vivir, había sido coartada drásticamente… ahora esa mujer yacía muerta, tendida en un suelo, abandonado su hermoso cuerpo en alguna habitación, en algún sitio… ¿Quién sería, en verdad, aquella mujer?… ¿Sería real o simplemente era un sueño?… Si era real, ¿había ocurrido u ocurriría?… ¿Acaso le estaría esperando aquella visión, a que sus ojos la contemplaran tras la vuelta de esa esquina desconocida para ella?… ¿Qué otras cosas, entonces, le tenía preparado ese mundo inquietante y al parecer tan inhóspito?…
Por Valshara… tenía miedo, mucho miedo… y se estaba poniendo muy nerviosa al pensar en todas estas cosas…
Sin darse cuenta, acercó su mano derecha hasta la altura de sus pechos. Agarró con fuerza, casi con desesperada fiereza, la medalla que un rato antes le habían regalado. Sus dedos se agarrotaron hasta que logró notar la presión del borde de aquella medalla en la palma de su mano. Abrió entonces su mano y la miró con detenimiento; hasta el momento, no se había entretenido en hacerlo.
Aquella medalla parecía hecha de oro, aunque no había que ser ningún experto en la materia, para percatarse de que realmente no estaba hecha del preciado metal; tal vez, en todo caso, tuviera algún baño. Era de tamaño mediano, abarcando casi la total extensión de la palma de su mano. Su cara anterior era lisa. Su otra cara estaba ocupada por un dibujo. Era la representación de su dios Valshara, verdaderamente muy detallada.
Se fijó en el rostro de su dios. Intentó sumergirse en aquel estado de paz y bienestar que según le habían enseñado, era capaz de transmitir la imagen de Valshara. Sin embargo, en esta ocasión, sólo logró inquietarse aún más. Por primera vez en su vida, la sonrisa de su dios le pareció extraña y enigmática… parecía la sonrisa de alguien que se reía de ella… de ella…
No. No debía pensar de esa manera. Aquello era como un sacrilegio. Valshara es bueno… Valshara da la paz… Valshara es amor…
Continuó con aquella letanía durante un buen rato más. Agarrando la medalla con ambas manos y acercándola a su corazón.
De repente, unos golpes sonaron tras la puerta.
- Entre, por favor- dijo Nyria, mientras se secaba rápidamente las lágrimas que se habían ido formando en su rostro.
La puerta se abrió y dio paso a uno de los criados que servían en el templo.
- Hermana Nyria, el carro la está esperando.
- Enseguida voy.
Agarró Nyria, la saca en que había metido sus pocas existencias. Ropa, algunos libros y unos pocos más de objetos.
Salió entonces de su cuarto. Antes de abandonar el dormitorio, sin embargo, se volvió en el umbral de la puerta y dio un último vistazo hacia aquel rincón en que había pasado tanto de su vida.
Por fin, el perro era echado del hogar…
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