Fe (capítulo 2)

Pues aprovechando que me tocan vacaciones, intentaré actualizar un poco más el blog, y que mejor que continuar con el segundo capítulo de “Fe… una historia de Ganhara”.
“FE… una historia de Ganhara” (capítulo II)
- ¿Estáis seguro, señor, de que no deseáis que os acompañe?.
Ambos personajes permanecían agarrados a una de las argollas que poseía el barco, dispuestas en cubierta para que la gente no se cayera al mar con el bamboleo. A pesar de que se aproximaban ya al muelle, la fuerte marea todavía movía fuertemente la cubierta y el equilibrio se hacía difícil.
-No, Lardek. Ya has hecho la parte que te correspondía. Establecísteis los contactos y me has cumplido bien. Pero a partir de ahora, será mejor que me encargue personalmente del asunto. Si me relacionaran ahora mismo contigo y me reconocieran, mi propia vida estaría en peligro y no hay por qué correr riesgos innecesarios. Regresa a tu antiguo trabajo y espera nuevas instrucciones. Si todo va bien, la próxima vez que nos veamos, lo será siendo tú mi consejero principal.
Lardek, capitán primero de la guardia personal de la Jefa Marilia, sonrió hacia sus adentros totalmente satisfecho. Lardek era ante todo, un individuo ambicioso y de altos sueños.
-Gracias, señor Randrav. Sois un hombre muy generoso.
Randrav, un hombre bastante alto, robusto, con barba y de unos cuarenta y cinco años, lo miró sin decir nada más.
Randrav conocía los motivos por los que Lardek le estaba ayudando. Sabía perfectamente la clase de ambición que movía a éste. Pero, de momento, aquel tipo era el que mejor se había ajustado a su plan. Más tarde, si todo funcionaba bien, ya se encargaría de ese individuo; no se fiaba de ningún hombre traidor y sólo fiel a aquél dispuesto a pagarle un mejor precio. Pero, en estos momentos, lo único que debía importarle era el plan.
“El plan…”.
Miró, de nuevo, más allá de la borda de aquel barco; en dirección sur hacia la pequeña ciudad a la que lentamente se estaban acercando. Aquella ciudad era Puerto de Nadra.
La verdad es que sentía un poco de aversión a entrar en aquella ciudad. Era miserable a su parecer. Apenas contaba ésta con algún edificio que sobrepasara los dos pisos de altura. Y aunque todavía no lo podía oler, sabía que a su llegada se sentiría agobiado por el olor a pescado podrido que siempre parecía imperar en esta clase de ciudades.
Resultaba curioso, sin embargo, que todos sus sueños se fueran a ver cumplidos, en esa pequeña ciudad de pescadores y marineros, como era Puerto de Nadra. Tan lejos de Ashdria, capital del Pueblo-ciudad…
-De cualquier forma, señor Randrav, ya he dejado todo dispuesto para que, a vuestra llegada a Puerto de Nadra, un hombre se encargue de guiarle y cuidar de vos. Si algo necesitárais, se lo podréis pedir a éste y él os lo conseguirá. Igualmente, si requerís de mis servicios, él sabrá en todo momento como podréis contactar conmigo.
Randrav asintió un tanto molesto, despertado de sus ensoñaciones.
Todo estaba preparado. El plan estaba en marcha. Su sueño estaba muy cerca de realizarse después de tantos años de amarga espera. Sólo necesitaba paciencia, concentrarse en esos pequeños detalles y, quizá, un poquitín de suerte. Al fin, se iba a hacer justicia y recobraría lo que por derecho le pertenecía… el Pueblo-ciudad de Ashdria…
El barco todavía tardó algún tiempo en atracar, pero, finalmente, empujado por el viento alcanzó el embarcadero. Se arriaron las velas y se echó el ancla al agua. Se ataron unos cabos y una pasarela se tendió desde el barco hasta el muelle.
Randrav y Lardek bajaron a tierra. Allí les estaban esperando dos caballos. En uno de ellos se encontraba montado el hombre que serviría de guía a Randrav.
-Este es el hombre del que anteriormente os hablé –dijo Lardek indicándoselo-. Su nombre es Frario. Yo regresaré al barco, pero éste aún permanecerá en Puerto de Nadra durante un día más, por si me necesitárais.
Randrav se subió al caballo que había preparado para él. Miró entonces hacia el cielo. Él día era estupendo. Este hecho le resultó curioso, porque según le habían informado a él, en Puerto de Nadra era muy raro el día en que no lloviera. Tal vez, aquello fuera un buen presagio.
- Que tengáis suerte, señor Randrav.
Randrav sonrió.
“No necesito ninguna suerte, estúpido Lardek… hoy los dioses parecen estar a mi lado”.
Se dirigió entonces, Randrav, hacia aquel que le servía de guía.
- Llévame hasta el templo de Valshara.
* * *
(continuará)















[...] Enlace al capítulo anterior [...]